jueves, abril 8


DOS CUARTOS Y LA

MITAD DE UN CAFÉ



Tenía tantas ganas de gritar, y justo casi al mismo tiempo, la sed me controlaba. Aún más en espasmos de segundo nada tenía el mismo sentido que ayer y la inagotable idea de que todo fuera temporal era más que algo en mi cabeza que precisaba las miles de inconsecuencias que flotaban en mi habitación, y que sólo yo podía ver. El aire no era húmedo si no transparente, casi insípido que realmente no sabría describirlo tan bien, lo único que podría terminar siendo yo, era esa clase de persona con la que te sientas a un lado e inmediatamente te das cuenta de lo que pasa; y lo que pasa es que me necesitas, tanto como yo te necesito a tí, así, que es casi imposible que alguien pueda saberlo y permanezca callado. La única falla que existe en esta flagelación es que cuando somos nadie y somos todo, la esencia lo termina, y lo que sigue claro es que nadie sabe lo que soy, hasta encontrar un momento preciso que no entiendo a la perfección, sólo me involucrará cuando todo esté por terminar.

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